miércoles, 24 de abril de 2019

Crónica de un domingo de Resurrección en el campo base. Juan Ortega y el Toreo


Sabía que podría ser un día especial. El domingo de resurrección amaneció negro, como cual viernes de dolores. Las miradas al cielo eran tan asiduas como las miradas al reloj para saber cuanto tiempo quedaba para salir en penitencia hasta las Ventas.

Hacía frío según bajaba por la calle Julio Camba al encuentro de los compañeros de disgustos, (a veces de alegrías)..."El aire, que se pare", pensé creyéndome "El resucitado", pero de momento no tengo yo el poder sobre los fenómenos atmosféricos. Frío, pero la ilusión intacta. Café, copa y tertulia arregladora del toreo, o no sabemos si empeoradora, pero cada uno con nuestros anhelos nos creímos Don Manuel Chopera, el viejo. Llegó la hora y andamos como con miedo, respeto, diría yo hacia la plaza. Una sensación que se acrecienta según se va acercando la hora del toque de clarín. Respeto por lo que pueda pasar, por quienes se van a poner delante, por los que van a vender cara su vida cuidada durante cuatro años al más mínimo detalle, respeto por los muros con tanta historia, en definitiva andamos hacia la Plaza de Toros de Las Ventas.

Ya en el "campamento base" del tendido, se nos empezaron a congelar los dedos de los pies, el gordo ya había dejado de pertenecer a mi cuerpo cuando dieron las 6 de la tarde. Llamamos al serpa que portaba las bebidas para intentar entrar en calor, le costó llegar por las fuertes rachas de viento, pero al final lo consiguió, "Cuatro anticongelantes, jefe".

Saltó el primero, y los kilos no le dejaron mostrarnos toda su buena condición que parecía tener dentro. Galván, quiso, pero el vendaval no terminó de confiarle....

El domingo no auguraba nada bueno. Pero mientras buscábamos la manera de calentarnos, salió el segundo, fue al caballo y ocurrió. El emoción efímera apareció. Juan Ortega, un chico que irradia algo distinto por su tranquilidad. Su forma de andar, de torear callado, como si estando allí con esa carga, el toro fuera quien lo aliviara. Cogió el capote, se fue a los medios y sentimos la llamada del toreo. Hay quien intenta hacerlo pero no le sale nada decente, quizá algo parecido, pero con cuerdas desafinadas. Juan Ortega, paró el viento, calentó al frío, toreó a la verónica y lo hizo como si nunca pudiera separarse del capote. Metió riñones, adelantó la pierna y movió los brazos sintiéndose el compositor del toreo de capa. Esa unión entre el toro y su imaginación, solo se puede calificar de grandeza.

En este domingo nublado, lo siento por el Sol, que las malditas nubes no se apartaron para que lo viera.

Imagen: Juan Ortega dibujando el toreo a la verónica. Foto: las-ventas.com 

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