jueves, 10 de agosto de 2017

El porqué de la admiración innata hacia los toreros


Hace tiempo no escribo en el Blog y un hecho doméstico y cotidiando con Adriana, (mi hija de 23 meses) me hizo pensar sobre el porqué de nuestra admiración innata hacia los toreros. Digo y recalco innata porque ella, Adriana, no está "contaminada" con ningún perjuicio ni afición, no entiende de filias y fobias, y apenas empieza a empatizar con el entorno. El otro día se acercó sin que yo lo notara por detrás del último Cuadernos de Tauromaquia que ojeaba y al notar su presencia, lo retiré y allí encontré su carita, con los ojos muy abiertos, y el dedito señalando la portada y la sonrisa eterna del malogrado Iván Fandiño. Vi en sus ojos el interés, la admiración y el respeto que un bebé de 23 meses puede llegar a tener, pero que intuye que ahí, dentro de ese traje de oro y seda, hay algo sobrenatural y grandioso.

Le di vueltas desde las alturas vertiginosas que da la edad, y llegué a la conclusión que la historia del hombre no podría escribirse sin los toreros, sin ese salto al vacío que es la plenitud del toreo.

Al torero le admiramos de dentro afuera, es decir, desde nuestros sentimientos más intímos a la realidad de cuando estamos delante de uno de ellos, como Adriana frente a la foto de Iván Fandiño. Le admiramos porque la gloria y la miseria del torero es la situación del péndulo en el que se aferra un hombre infinito y único en nuestra especie. El instinto de aferrarse a la gloria explica su obrar desmesurado, orientado y puesto en servicio del Toro y del Arte para buscar su razón de ser. Al torero le admiramos innatamente todos, incluso los que ahora están narcotizados por la droga que los Señores Oscuros del Falso Animalismo les han inyectado en su propio beneficio. Incluso esos, innatamente, cayeron rendidos cuando estaban "limpios" de ese veneno que produce paranoias terribles y hace ver a los toreros como asesinos manchados de sangre.

El torero se le admira porque es un heredero del pasado en busca de un futuro más pleno, libre, y acorde con la naturaleza del arte por medio del toreo. Es un Titán capaz de guardar en una sonrisa como el malogrado Iván, toda la grandeza y audacia que da el lanzarse cada tarde a lo extraño por el mero hecho de su quehacer artísitico, olvidando que delante está la muerte.

Es un hombre auténtico que vive su existencia exhalando admiración y plenitud de valores que hoy se han perdido por la droga de los Señores Oscuros del falso Ánimalismo. Por eso yo no puedo pasar inadvertida la admiración que en mi hija despertó el torero. Desde la libertad en su educación la transmitiré esos valores que encierra un torero, y luego que decida, pero si su cara sigue siendo como la que tuve enfrente el otro día, será una privilegiada por admirar al torero, al toro y su trascendencia.

Foto:

Portada del último número de la publicación taurina Cuadernos de Tauromaquia.

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