jueves, 26 de mayo de 2016

BREVES APUNTES SAN ISIDRO 2016. "La Historia de un Suicidio, el de la Tauromaquia"


Todos lo sabíamos. La combinación de los intereses empresariales, la búsqueda de la cima, (por el camino más fácil), y el servilismo de una prensa cada vez más necesitada de la falacia para subsistir, era tan deflagrante como una bomba de relojería. Y se produjo lo inevitable.

Hay que transportarse a finales de los años noventa del siglo XX y principios del XXI. El ambiente fue de euforia mientras se llenaban los cosos, mientras el toro saliera (da igual como), mientras muchos periodistas empezaron a valorar más su ego, algo mediocre, del pase y la palmada en la espalda, que la dignificación de la profesión, y el sentirse realizado por contar la verdad. No contentos con eso, (eran tan inconformistas), con sus ansias de servidumbre al figurón, (así los llamaban), adquirieron el rol de ser sus máximos defensores y para ello no escatimaban en enfrentamientos con aficionados que simplemente, no gustaban de su toreo y de las ganaderías elegidas por ellos, )por cierto, siempre las mismas), y cómo pagaban su entrada, ¡tenían la osadía de protestar!. Alguno, "seco de carnes, enjuto de rostro" (Miguel de Cervantes, 1605, El Quijote), incluso alentaba a otros públicos a chillar más para acallar las protestas desde tribunas televisivas, como si todos los que PAGAMOS, quisiéramos acallar esas protestas y estar de acuerdo con tan suertudo fenómeno.

Ocurrió un 25 de mayo de 2016. Días antes ya había habido problemas con los toros en los corrales, no sabemos más, el hermetismo en una actividad tan plural, era lo dominante. Las entradas vendidas, los tendidos repletos de personalidades de toda índole: Reyes eméritos, futbolistas, actores, escritores, compromisos, aficionados, público en general, uno que pasaba por allí, etc. Era un acontecimiento: dos figuras del toreo, y otro al que le querían hacer a toda costa. Los toros, daba igual, "Pero nada de complicaciones ¿eh?, que esto no está para esfuerzos", (así debieron de ser las conversaciones por los corrales). Todo fluía. Pero se produjo la verosímil deflagración.

Los toros no salieron bravos, ni encastados, ni pidiendo esfuerzos, fueron nobles, sosos, feos como ellos solos. Una parte del público protestó indignada, la otra aplaudía todo, hasta el torilero supo lo que es ser estrella del rock por unos momentos. Periodistas contando lo bueno que era todo, incluso hubo alguno, en búsqueda de la enterna palmada, dijo que unos pases en línea, aseados, con la figura más retorcida que una columna salomónica, habían sido los "mejores naturales de la feria", (risas). Otros/as, llamando "impertinentes" a los que se dejan 600 euros en un abono, pero ¡osaban protestar!, ¡¿Esto qué es?!.

Ante este panorama que se expandía como una tormenta, no pudo más. La Tauromaquia, esa gran Señora por la que muchos suspiramos y, ahora en la lejanía que da el tiempo sin ella, la añoramos, al terminar la corrida se encerró en el baño, roció sus ropas con gasolina, y se convirtió en hoguera. Ardió a lo bonzo. Muchos intentamos derribar la puerta, y cuando lo hicimos fue demasiado tarde, quedamos espantados por la visión de un enorme Arte carbonizado. Tan sólo una nota pegada en el espejo: "Sin verdad no puedo vivir, y el toro ya no la tiene".

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