viernes, 18 de diciembre de 2015

Pepe Limeño, el modesto e inmenso valor


Cada vez que se va un torero, la Tauromaquia pierde un referente. Todos, absolutamente todos, por muy arcaico que sea, por mucha maestría que tengan, valor, arte, etc. contribuyen a engrandecer la Fiesta de los toros, o cuando menos a que se siga escribiendo su historia. Esta vez se nos ha ido, José Martínez Ahumada, más conocido por todos como "Pepe Limeño". Y como otras veces vaya desde aquí este humilde homenaje.

Su retirada de los ruedos se produjo mucho antes de que yo naciera pero uno, que siempre ha tenido inquietudes por las tauromaquias antiguas para poder entender las modernas, conoció al torero por medio de algún video y bastantes escritos. Y por lo leído y lo, poco, visto me atrevo a dedicarle estas breves líneas desde el sentido de este blog.

Su toreo recogía sobriedad, elegancia, poder, técnica. Esta técnica suplía su, según él y según siempre recordaba en sus entrevistas, falta de valor, por mucho que algunos se afanaran en clasificarlo dentro de los toreros de este corte.

Para el Arte de la Tauromaquia, según lo tengo yo concebido, el torero que logra lo que Pepe logró, para todo lo que consiguió sin ese "valor", supone que para él el toreo era una necesidad espiritual (y "de la otra"). Es de esos toreros que cada tarde derrochaba identidad, personalidad y concentración. Cuatro tardes por la Puerta del Príncipe (tres de ellas frente a toros de Miura), hacen que el toreo sea un proceso evolutivo a través de la inteligencia. El arte que empleaba era inherente al instinto más primitivo sin alejarse, olvidándose del ser, emanando de su propio yo, del yo infranqueable de "ser torero", sin más.

Pepe, ahora te has ido, pero donde estés sientete orgulloso de haber creado sin límites, espontáneo y sincero ante un toro, ese animal que acecha, que embiste sin vacilación, con arrogancia, vitalidad, fortaleza, movimiento y emotividad, y para eso, aunque tu dices que no, hace falta tener mucho valor. Descansa en Paz.

lunes, 14 de diciembre de 2015

La necesidad de la diversidad de encastes para la Fiesta


Hacía tiempo tenía olvidado,por circunstancias ajenas a mis inquietudes, el blog y lo retomo para hacer una breve exposición sobre mi concienzuda defensa de los encastes y el sentido que tienen para la Fiesta.

La obra de arte taurina, la que se realiza en el ruedo, nace, nos emociona y muere en 20 minutos a lo sumo quedando en nuestra memoria la que emociona por alguno de sus aspectos: Maestría del torero o por la bravura y casta del toro que tiene delante. Paradójicamente esa "muerte" precoz de la obra, hace que la Tauromaquia sea considerada como una forma vital, un arte dinámico.

El dinamismo que afecta a la Tauromaquia debería darse en todas sus formas, tanto en los rasgos que impone el torero como en la necesidad de que se lidiaran todos los encastes posibles, con los beneficios y complicaciones de conllevan cada uno en sus distintos comportamientos. Hoy parece que hablar de la necesidad de la lidia de cuantos más encastes mejor, es más que un atentado a la propia Fiesta y su trunfalismo bien vendido por plumillas aprovechadas.

Bien, pues yo creo, me da igual estar equivocado o no pero lo digo con convicción, de que dicho dinamismo, dicha diversidad de lidias y comportamientos, es algo que dotaría de estabilidad a este mundo, cada vez más muerto de euforia "barata". Se ha extendido una especie de "sindrome" del miedo al fracaso, junto con otros factores como el requerimiento del toro grande, (argumento que tenía su lógica en los años 80,90 y principios de 2000, pero que ya apenas se substenta al ver cada vez más toros de 520 kilos para abajo en plazas de primera), que han hecho que estemos perdiendo la riqueza genética más grande del reino animal como es el Toro Bravo. A los públicos ebrios de triunfo y taurinismo de palo, les da igual, y a la mayoría de los artistas que viven del toro, desgraciadamente, también. La Fiesta de los toros se ha colapsado por la modernidad del "si no hay orejas, no soy capaz de ver nada que me emocione en una tarde de toros", por ello se ha moldeado un toro que se mueve, pero que apenas embiste con el rigor que debería hacerlo un titán de la naturaleza.

Habría que exigir que se lidiara una cuota obligatoria de cada encaste en las ferias. Que los ganaderos de éstos salieran del tedio al que les hemos relegado, para que buscaran indagaran y volvieran a la excelencia que cada encaste posee. Porque no busco que se lidie todo, porque todo, si no embiste con casta y codicia, no se puede torear. Para esto me hallo en la necesidad de reclamar de nuevo la diversidad de encastes, porque es esencial para el futuro de un espectáculo hetereogéneo y grandioso. Si la Tauromaquia quiere conservar su sentido, y como una forma más de evitar un futuro que se avecina negro, los encastes y su diversidad deben volver a las plazas de toros. Así lo siento, y así lo digo.


Imagen:
"Marejado", de Ana Romero, el prototipo Santa Coloma. Foto: Rubén Ramírez del blog http://griscardeno.blogspot.com.es/
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