martes, 28 de octubre de 2014

José María Manzanares en el recuerdo de un niño


Debía contar yo con ocho o nueve años. Era verano, tarde calurosa, persianas bajadas como barreras para el fuego, el aire acondicionado era cosa de ricos, abanicos...todo en penumbra en el salón de mis abuelos, y todos preparados para ver los Toros por TVE.

Andaban los mayores inmersos en una disputa de que si el toreo lo hacía Dámaso, de que si la capa era de Julio Robles, el poderío de los Campuzano y Domínguez...pero a mi lo que de verdad me extrañaba era cuando hablaban del toreo al "natural". Esa tarde no recuerdo donde era la corrida ni quien eran los compañeros de cartel, pero sí que José María Manzanares iba de grana y oro y que salió un toro colorado, de cuya ganadería "no puedo acordarme".

Seguían con sus discusiones, mi abuelo, mi abuela, Pablín, mi padre, y alguno más ajenos a un niño que se había inclinado en su silla mecedora, apoyado el mentón en sus manos y abierto los ojos tanto que se podía ver en la esclerótica el reflejo del televisor. No se daban cuenta que a ese niño se le había erizado el pelo cuando Manzanares toreaba al natural.

Gracias él comprendí porqué se valora tanto el toreo con la mano izquierda. Supe que sin él la faena no tiene vida. Mi preocupación por no entender jamás que era eso del "toreo al natural" la disipé esa tarde de fuego veraniega. Es difícil explicar pero hay toreros que hacen que su toreo te hable, y el toreo al natural de José María Manzanares tenía algo que llamaba y traspasaba al contemplador.

Ahora que nos ha dejado tengo que decir que Manznanares supuso para mi afición el descubrimiento que concibe el toreo como algo expresivo y comunicativo, una obra plástica, un mensaje, una idea. Su toreo me dijo que los elementos que componen la obra de arte taurina son parte de un suceso dinámico. La preocupación de un niño quedó solventada por unos cuantos pases al natural, magistrales y magisterio, del Maestro alicantino por eso solo puedo dar las Gracias, por mi y por mi afición, gracias porque su toreo me orientó.

Descanse en paz, Maestro, pero no deje de torear al natural allá donde esté, algún niño sabrá de primera mano de que se trata.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Un cuento de miedo taurino. El túnel de chiqueros


Al abrir la puerta de chiqueros se mezcla la fantasía que nos creaban los cuentos de misterio con el lado más siniestro del tenebrismo. Somos sabedores de que dentro habita la muerte. Desbocada, de ojos luminosos, y dramáticos. Vestida de negro y a veces de luminosos blancos y colorados, pero que la luz oscura del túnel los tiñe de drama. El único blanco que se atisba, como contrapunto a ese tenebrismo que acongoja, son los cuernos de la bestia, desafiantes, góticos.

Increíble como entre tanto murmullo el cerrojo encuentra un hueco para que todo el mundo oiga el golpe que abre las puertas de las sombras. Entre los tendidos recorren ecos escalofriantes de los habitantes de ese submundo cuando abren la puerta a la sinrazón del loco. Un mundo de contrastes se adueña del túnel de chiqueros, no hay termino medio, es la "sin razón", la fuerza de la bestia que presentimos pero no vemos y mediante la cual nos entregamos a un sueño delirante por los miedos antes de que se haga presente.

Ahí está, lo sabemos y presentimos, como un Saturno de Goya antes de comerse a sus hijos, como esa pintura negra de la última etapa del genio de Fuendetodos. Sopla, afila sus cuernos con la luz que asoma desde el ruedo, rostro fanático y enajenado por su clausura obligada por los hombres, el toro, voraz y salvaje en la oscuridad del chiquero, deseando lanzarse a la luz para no avenirse a ninguna razón.

Sentimos miedo a la verdad oculta tras esa puerta, oscura sin matices, porque de ella salta al ruedo el monstruo, de repente, iluminado. La luz muestra su expresión enfurecido, la locura y el delirio.
El escalofrío recorre nuestras espaldas con el toro en el ruedo hasta que el torero sistematice su conocimiento de la naturaleza para llevar con sus telas, al loco por un camino razonable. Primitivo, con sus armas blancas apuntando a la razón, sugiriendo el enfrentamiento, una lucha que no tiene principio ni fin. Ataque, batalla en la que no hay inocente. El toro, el miedo que todos necesitamos para dar sentido al tenebrismo de chiqueros, a la emoción de la Tauromaquia.

Foto:
Toro en los corrales de las ventas (con curva de oscuridad), Juan Pelegrín para www.las-ventas.com


martes, 14 de octubre de 2014

La independencia perdida de un artista que nos ilusionó

Mucho se habla de independencia en la Tauromaquia. Hubo un tiempo en que todos creímos en un artista que atisbaba una revolución completamente ajena al sistema, y a la Tauromaquia puramente empresarial y económica.

Un artista que daba la impresión de contemplar la Fiesta de los toros con gozo, que se emocionaba con la seguridad que daba la belleza creadora, que no trataba de sacar provecho subiéndose al carro de las corridas mediáticas.

Un artista desinteresado en torear un solo encaste, un desinterés parcial con respecto a todas las sangres a las que se enfrentaba. A todos nos ilusionó la pureza original, tanto en las formas de su toreo, como en la manera de guiar su carrera lejos del "mundanal taurinismo imperante". Sin embargo, este año, ha demostrado como esa esperanza no pasó de ser una utopía; ese artista se ha adherido a los carteles mediáticos, tragando con un único encaste, cambiando orejas por independencia, pasando de ser la ilusión de muchos aficionados de reencontrarnos con la auténtica figura del toreo que no hacía ascos a nada, a nadie ni a ningún coso, a ser un adaptado más al sistema.

Tan solo esperemos que este artista se decepcione con la realidad que le han impuesto, que no sepa desenvolverse dentro de esos carteles de "bocata, vino y Paquito el Chocolatero", y que busque los sentimientos con los que nos hizo albergar esperanzas, que vuelva a sentirse libre de ataduras empresariales, y que cultive su toreo y su apuesta por todos los encastes, algo que enriquecerá a la postre su Arte de Torear.

Ese tiempo en que albergamos esperanzas no es tan lejano, y el torero se llama Iván, Fandiño para los, todavía, perdidos.

lunes, 6 de octubre de 2014

Diego Urdiales y Masaccio. Revolucionarios del Arte


Sigo en shock, por eso retomo esos post en los que comparo a dos figuras del arte a lo largo de la historia. Tras lo presenciado ayer en Las Ventas hoy toca el turno de dos artistas que revolucionaron el arte, (y ya lo digo en pasado), de sus tiempos: Masaccio en el comienzo del Renacimiento y Diego Urdiales a comienzos del siglo XXI, cuando la Tauromaquia más plana y decadente acechaba con arrasar cualquier esperanza.

A comienzos del siglo XV apareció en escena un pintor que revolucionó la forma de pintar y abrió las puertas del Renacimiento: Tommaso di Ser Giovanni, más conocido como Massacio, quien con tan solo veinticinco años revolucionó el Arte de la pintura. A finales del XX, con absurda y poco generosa actitud, el Sistema Taurino olvidó incomprensiblemente a un joven de Arnedo apartándole de los carteles. Su nombre es Diego Urdiales, y a principios del siglo XXI, ha vuelto (aunque nunca se fue) para, como el joven se Arezzo, revolucionar la disciplina del arte en la que destaca, ha vuelto para revolucionar el Arte de Torear.

Masaccio, en la capilla de la familia Brancacci de la iglesia de Santa María del Carmine, en Florencia, innovó al pintar los frescos dotando de solemnidad temas banales del nuevo Testamento. Colocó las figuras alrededor de Cristo, individualizó a cada figura, trató las capas como esculturas y dio sentido de existencia en el espacio.

Pero lo que de verdad aportó es algo que Diego Urdiales retomó ayer frente al saltillo de Adolfo Martín, "Sevillanito", en la plaza de las Ventas. Diego, al igual que la pintura del maestro italiano, ejecutó el toreo sin el uso de la linea. Ésta solo venía dada cuando la forma de sus pases creaba una masa armónica, de luz y color en la pintura de Florencia, con la muleta y el toro en la plaza de Madrid. Diego, no necesita modelos, el toreo real es para él inspiración. Con la sencillez del sitio que pisa, con la delicadeza poderosa que mueve las telas al natural, arroja  luz en la Tauromaquia dotándola de realidad.

Emociona ver como se realiza el toreo, como junto al toro, crea figuras majestuosas como ya lo hizo Masaccio al crear en su pintura un espacio tridimensional y monumental con el solo uso de la luz real que aparecía en la ventana derecha de la capilla.

El sentido del toreo de Diego es tan real, es tan palpable que tenemos que olvidar necesariamente faenas de otros cantan como cumbres cuando te das cuenta de que son simples pases en linea. El toreo es composición, cuanto más simple y sin esforzadas figuras, mejor. La grandeza con que Diego ejecuta la escena hace que, repasando mis apuntes de la carrera recuerde las palabras de Cristoforo Landino, el comentarista de Dante en el siglo XV, quien calificó el arte de Masaccio como "puro, senza ornato" ("puro, sin adorno").

Diego Urdiales se ha convertido en un tema serio, un torero de culto que desaconseja mitomanías, atropellos o temeridades al atribuir "faenas cumbres" a simples pases con algo de composición y ligazón por parte del, cada vez más corrupto, sistema taurino. Al igual que el artista italiano obtuvo su interés cuando se restauró la capilla del Carmine y se encontraron los frescos ocultos por una capa del polvo, ahora Diego ha salido, para algunos, a la luz. Su toreo se ha convertido en un corolario pedagógico del toreo, porque lo que ha plasmado en los ruedos durante esta temporada ha aclarado la revelación del verdadero Arte de Torear.

Ahora que por fin el toreo del maestro de Arnedo ha sido "redescubierto" y aclarado, hay que hacerlo extensivo para salir de la crisis de afición y comodidad del toreo que vivimos, cada vez más en linea y rozando la vulgaridad, como en Florencia del siglo XV la pintura salió del gótico para hacerse luz.

Imagen:
Montaje Diego Urdiales en Madrid, (Foto Juan Pelegrín para Las-ventas.com), y Frescos de la Capilla del Cármine (Florencia), Masaccio.
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