lunes, 17 de febrero de 2014

La necesidad del miedo en el Arte de Torear

En los últimos tiempos se está olvidando una de las sensaciones, quizá la primera, que un ser humano debería sentir cuando acude a una plaza de toros: el miedo.

Partimos de la idea de que la obra de arte en el ruedo es "sublime". Este es un concepto estético configurado en el siglo XVIII por la estética romanticista. La Tauromaquia se caracteriza por evocar pasiones y mover sentimientos y lo que se vive en una plaza de toros está quizá más cerca de las emociones que de la razón.

Al igual que en el Romanticismo, lo sublime en la Fiesta de los toros, (la salida del toro fiero y serio, por ejemplo), nos debería provocar sentimientos encontrados: admiración, emoción y a la vez miedo ante los misterioso de su comportamiento e imponente de su figura y mirada.

El miedo en la Tauromaquia es necesario por los sentimientos que desencadenan interiormente. Sentimos pasión por lo que hace un hombre frente a un toro, si sentimos miedo, lo catalogamos de trascendente. Lo sublime, lo terrorífico del Arte de Torear lo descubrimos en todo lo que lo rodea, el recogimiento religioso del torero frente a la imagen en la capilla, la oscuridad del chiquero, los blancos y afilados cuernos, la naturaleza misteriosa que lleva a un ser herbívoro a atacar para su supervivencia...

En definitiva lo misterioso, lo sublime, el miedo ha de estar presente en el Arte de Torear, necesitamos de ello para valorar lo que hace el torero frente al toro. No puede ser una Fiesta simpática, debe impresionar para apasionarnos ya que realizar arte frente al misterio del toro tiene la plenitud que sacia la infinitud del alma del torero y mueve con la fuerza incoercible la pasión del público que acude a una plaza de toros.

Toro y Naufragio en el claro de luna, Caspar David Friedrich

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