jueves, 31 de marzo de 2011

Incapacidad antitaurina para reconocer Lo Bello

Esto escribía allá por marzo de 2011 y hoy quiero dedicárselo a todos esos novilleros que están luchando en Bogotá contra la sinrazón de un alcalde que, como el título de esta entrada dice, tiene la penosa incapacidad de reconocer lo bello. Vaya este humilde homenaje para ellos #FuerzaNovilleros :


La segunda entrega de la defensa de la Tauromaquia desde una visión filosófico-artística recae en el hecho de que hay quien se dedica a atacar sistemáticamente a la Fiesta sin tener conocimiento de Lo Bello en dicho Arte, algo que el aficionado a los Toros lleva intrínseco en su sensibilidad.

Para ello, abordaríamos la consideración de la metafísica de Lo Bello. Dicha reflexión no irá dirigida, en absoluto, a analizar ninguna práctica o ejercicio concreto, sino a teorizar el porqué es necesario el conocimiento para que la reacción de lo bello se manifieste en nuestra voluntad, y en la de nuestros detractores.

La estética enseña el camino por el que se alcanza como resultado lo bello y da a los artistas (toreros) una serie de reglas que, supuestamente, han de condicionarlos en la producción del toreo.

Consideremos Lo Bello como un tipo de conocimiento absolutamente específico que se da en el ser humano, y vamos a plantearnos qué consecuencias se derivan en él en relación con nuestra afición y quien no la tiene. La alegría provocada por lo bello, se basa en el mero conocimiento de un arte, de una disciplina como es la Tauromaquia, sin que los objetos de dicho conocimiento tengan relación alguna con nuestros fines personales, es decir con nuestra voluntad.

Por ello, las personas que atacan sin conocer el Arte de Torear, no pueden decir que no es un Arte "Bello", ya que es diferente de lo que les puede parecer "agradable", que es de naturaleza puramente subjetiva e individual. Cada cual tiene su propio gusto.

Desde el momento en que la alegría que produce Lo Bello tiene que ver con el simple conocimiento del Arte de la Tauromaquia, será algo objetivo que no guarda relación con el individuo, sino con el sujeto en general.
Así, exigimos que lo que nosotros como aficionados reconocemos como bello, también sea reconocido por cualquier otro sujeto (y más si no tiene conocimiento de este Arte), de lo contrario le negaremos la sensibilidad para Lo Bello en general. Sin embargo, como individuos, por desgracia, sin capacidad de entendimiento, le admitiremos que el Arte de la Tauromaquia le sea desagradable o molesto, y no por ello haya que prohibirlo, y menos eliminarlo.

Imagen:

Morante de la Puebla en la Feria de Abril de 2010. Foto: MATITO

martes, 29 de marzo de 2011

El Toro, hito de superación de la Tauromaquia a las demás Artes


En los dos próximos artículos se va a intentar hacer una defensa de la Tauromaquia desde una visión filosófico-artística.

En primer lugar me baso en la supremacía del Toro como elemento de creación de Arte siguiendo las ideas del filósofo alemán Arthur Schopenhauer al reconocer que en la representación de animales por medio de otras artes (pintura, escultura...), se pone de manifiesto el grado de objetivación de la voluntad, el goce de su visión estética radica en el lado objetivo.

El conocimiento de ideas superiores, así como el disfrute visual, que percibimos por medio de la pintura por ejemplo, podemos obtenerlo también inmediatamente a través de la pura contemplación de los animales en su estado de ingenua libertad natural.

Resulta más agradable contemplar una animal vivo, que cien pintados, esculpidos o disecados. Ahí que el Arte de la Tauromaquia vaya un punto por encima de las demás artes. En ellas, la representación animal está falta de espíritu, mientras que en el Toro, éste aparece por doquier.

Cuando se contempla de manera tan puramente objetiva las múltiples y maravillosas figuras que nos deja un Toro Bravo cada tarde, se obtiene una instructiva lección acerca del 'gran libro de la Naturaleza': lo que se expersa a través de estas figuras no es algo que pueda expresarse en palabras, en lienzos, sino que habrá de intuirse. Dejando así que nos hable la verdadera esencia de las cosas por medio de la intuición del mundo viviente.

Como decíamos, solo en un Arte donde un animal vivo es parte de la creación, la voluntad de manifestarse se objetiviza como vida, como existencia, con todos sus infinitos cambios y figuras diferentes, diversas acomodaciones a diferentes condiciones externas, como si los múltiples movimientos, arrancadas, embestidas etc., del Toro con fueran distintas variaciones de un tema en la pintura, por ejemplo.

Por todo ello sólo cuando las demás Artes capten por completo que la esencia de la Tauromaquia se revela a través de las figuras que crea la unión del Toro con el Hombre, habrán aprendido a comprenderla como parte de su ámbito.

Imagen:

La pelea de caballos árabes en una cuadra, Eugène Delacroix, 1860.
Toro de El Ventorrillo en la Feria de Bilbao 2008. Foto: Juan Carlos Terroso.

viernes, 25 de marzo de 2011

El Surrealismo de Manuel Benitez "El Cordobés": el estilo "antiarte"


Según el Manifiesto Surrealista de André Bretón, Surrealismo era un "Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral."

Una adversión a las formas convencionales y tradicionales de expresión de la Tauromaquia siguió de un modo natural a la idea de libertad utópica que rondaba por la cabeza de Manuel Benítez "El Cordobés".

Al igual que el Surrealismo, la Tauromaquia de Benítez, implicaba una revulsión, una animosidad frente al pasado (como por ejemplo defendía el arte futurista italiano de la mano de Tomasso Marinetti).

Las artes, tomaron parte de este espíritu. Así la música se tornó en ruidos mecánicos que superaban en ese momento a la música clásica, incluyendo estampidos, silbidos, gritos...que obraban tal efecto en los nervios del auditorio, que inducían a los sujetos a participar bajo la forma de un bramido y alboroto iracundo. La poesía, por ejemplo, desechaba la sumisión a las normas clásicas para brotar, según Marinetti "de órdenes alimentadas con fuego, odio y velocidad".

El espíritu de la Tauromaquia de "El Cordobés" desde, llamémoslo así, el espíritu "antiarte", era una preferencia por una forma de torear, de entender el toreo, muy particular, como opuesto a los "otros", como dice el manifiesto: "sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral". Si el Arte académico lo representaba en esa época Ordóñez, El Viti, Camino, etc., Manuel Benítez, representaba el Surrealismo. No manejó los tableros intelectuales del lenguaje, usó en cambio un medio que implicó una actividad instintiva que no equivalía a las características, facilmente reconocibles, de una escuela, de una Tauromaquia concreta.

Sin embargo, por momentos había en su Tauromaquia un punto serio: se necesitan dos para "crear" una obra de Arte taurómaca y la seriedad en este Arte la aporta la muerte, el riesgo, en definitiva, el Toro, porque el Toro, lo mismo que quien concibe el toreo, contribuye también a la impresión y sentimientos que éste causa.

Imagen:
"Indefinite Divisibility", 1942, Yves Tanguy.
Manuel Benítez "El Cordobés"

miércoles, 23 de marzo de 2011

El Toro y su evolución como objeto del Arte


Ignoramos el sentido del dragon, como
ignoramos el sentido del Universo, pero algo
hay en su imagen que concuerda con la
imaginación de los hombres...
                                              José Luis Borges

Decía el gran historiador Sigfried Giedion que toda vida en continuo movimiento se debate entre la constancia y el cambio. Sirva la imágen del Toro Bravo como una constante de la ecuación en la que la capacidad renovadora del hombre es una variable que nos indica su voluntad de cambio en la historia de la Tauromaquia.

Los cambios estilísticos de la Tauromaquia moderna no pueden ser estudiados excluyendo cualquier referencia a la condición del Toro, al igual que la Tauromaquia primitiva solo se comprende siguiendo los cambios a través de la evolución de la bravura del animal.

En los primeros tiempos, el Toro se rebelaba contra la racionalidad de los artistas y exigía una tercera mirada (la del espectador) para colocarlo en el punto de misterio. En el Arte (Tauromaquia) prehistórico el animal va a ser la suma de todas las aspiraciones por domeñar la fiereza, y será utilizado para acercar la realidad al deseo de creación.

Cada cambio en la estructura social implica una transformación de las formas de percibir la realidad, y esta nueva percepción implusa cambios en las formas artísticas de esta sociedad, incluído el toreo. Por ello, la nueva idea del Arte que propusieron en la Edad de Oro, (Belmonte, Joselito...), hubiera sido del todo incomprensible para el torero primitivo.

La fiereza se convirtió en bravura y el genio se convirtió en casta, dos elementos esenciales para que el creador pueda  establecer una relación con el espectador, con la sociedad, con su cultura taurómaca. El torero moderno se hunde en la creación, desde esas nuevas pautas de comportamiento, de la faena. La ruptura que se hizo a comienzos del XX, respecto a la tradición, se materializa a través de la transmisión y el recorrido del Toro. Por ello el nuevo y afortunado espectador que se encontró con esta nueva forma de torear, fue sorprediéndose a medida que el toro pasaba de ser un animal que solo buscaba la defensa de su vida y la consiguiente huída, a servír para realizar una Obra de Arte coherente y de menos a más, era el Toro Bravo.

Para terminar, una consideración. Para el artista primitivo, la fiereza del toro era el único soporte de creación. Para el moderno al evolucionar la fiereza en bravura, en vez de 'esquivarla', la añade al mundo de lo posible.

Imagen:
Tumba de los toros. Tarquinia. S. VI a.C.
Toro de Victorino Martín embistiendo muy humillado en la muleta de Rafaelillo, en la feria de Castellón 2010. Foto: Antonio Casado

viernes, 18 de marzo de 2011

Morante, Kandinsky y el alma del artista


Viendo la manera mover el capote, componer la figura, meter los riñones a Morante de la Puebla en la corrida de ayer en Valencia, me vinieron a la mente las consideraciones de Kandinsky sobre la obra de arte y el artista.

Más o menos, viene a decir que la verdadera obra de arte nace misteriosamente del artista por vía mística. En la Tauromaquia, el artista unido al toro, crea una obra que adquiere vida propia, que se convierte en una personalidad, en un sujeto independiente que crea una vida material real. La obra de arte vive y actúa, colabora en la creación de la atmósfera espiritual. Consideraciones que se acercan al sentimiento que puede crear el Arte de Morante de la Puebla.

Por el contrario, desde ese punto de vista interior, únicamente puede discutirse si la obra de arte es buena o mala. Cuando es “mala” o no se llega al acople con el toro, es que la forma de torear es demasiado débil para producir vibraciones anímicas puras.

En otras palabras, el artista de la Tauromaquia, no solo puede sino debe utilizar las formas de torear según sea necesario para sus fines. Será necesaria la libertad sin trabas de ese artista para escoger los medios. Esta necesidad es el derecho a la libertad artística absoluta en el plano interior moral.

La Tauromaquia es un arte, y el arte, en general, no es una creación inútil de objetos que se deshacen en el vacío sino una fuerza útil que sirve al desarrollo y a la sensibilización del alma humana. El arte es el lenguaje que habla al alma de las cosas que son para ella el sustento cotidiano. Como el capote de Morante sensibiliza al espectador ávido de sensaciones artísticas.

Por último, el artista ha de intentar transformar una situación primitiva como es el combate contra la fuerza bruta del toro, reconociendo su deber frente al arte y frente a sí mismo, y considerarse no como señor de la situación sino como servidor de designios más altos cuyos deberes son precisos, grandes y sagrados: El artista debe educarse y ahondar en su propia alma, cuidarla y desarrollarla para que su talento externo tenga algo que ofrecer, y que la obra no quede sin sentido y vacía.

El artista debe tener algo que decir porque su deber no es dominar la forma sino adecuarla a su contenido”.

Imagen:
Morante de la Puebla ayer en Valencia. Foto: Rullot para http://www.torosvalencia.com/
‘Neptuno y Tritón’ Gianlorenzo Bernini. 1620

martes, 15 de marzo de 2011

El poder del Centro


En el plano físico, el mundo de las actividades diarias, está penetrado de una fuerza dominante: la de la gravedad. Todas las cosas están siendo atraídas hacia el centro de la Tierra, al igual que la bravura imanta al Toro hacia el centro del ruedo.

En una Plaza de Toros, como estructura esférica, todos los objetos orgánicos e inorgánicos se configuran en torno al centro. La centralidad es una propiedad estructural indispensable de cualquier composición en las artes visuales. La interacción entre los dos actuantes de la faena, Toro y Torero, genera formalmente la complejidad de la forma, el color, el movimiento, etc. de cara a nuestro sentido de la vista; y representa simbólicamente la relación entre el fin de todo Arte, la perfección.

Esta composición visual es interesante porque la forma perceptual constituye el medio más potente e indispensable para comunicarse con la obra de arte en el ruedo.

El centro, que comunica el peso, la distinción y la estabilidad de la faena, está creado por todas las fuerzas circundantes teniendo más peso en todas ellas, la bravura del toro. En la obra, la composición estará basada principalmente por la jerarquía de dos elementos, Toro y Torero, que se equilibrarán recíprocamente como los platillos de una balanza.

Por tanto, en el proceso de creación de la obra, el artista (Torero), afronta de continuo dos tareas mutuamente imbricadas:  configura y dispone los componentes de manera que se equilibran en torno al centro del ruedo (composición global), y determina la naturaleza y el sentido de la faena refiriéndola al centro. La segunda tarea deriva del hecho fundamental de que si el Toro no tiene la suficiente condición de bravo para plantear pelea en el centro, exigirá la justificación de crear el Arte de la Tauromaquia en una desviación de ese terreno que sea más propicia, es decir, ha de haber una fuerza claramente definida (mansedumbre o descaste) que mantenga al Toro alejado de esa base.

Imagen:

Cartel Turístico de Chinchón editado en 1960. Antonio Bienvenida en el centro del ruedo.
Virgen de las Rocas. Leonardo da Vinci , 1483-1486, Óleo sobre tabla, 199 cm × 122 cm (Museo del Louvre)

martes, 8 de marzo de 2011

El Dibujo, el Toreo de Salón y su importancia en las Artes


Giorgio Vasari (1511-1574), fue un autor florentino que se dedicó a escribir sobre los hombres más ilustres de su tiempo, entre ellos, los artistas. Antes de Vasari, no hay Historia del Arte, esto es porque aunque existen los tratados, son obras con instrucciones sobre el Arte, pero nadie había escrito en plan histórico, recopilando información biográfica y explicando de forma sintética y correcta la función del Arte.

La idea que interesa en el parangón de las demás artes con la Tauromaquia es el concepto de Dibujo como expresión y declaración de la sensación que se tiene dentro del alma. El Artista de la Tauromaquia plantea su dibujo cuando torea de salón, de ahí su importancia. Reflexiona intelectualmente sobre la obra de arte que quiere realizar, reflejándola en la mente y fabricando la idea.

Hay dos dibujos, uno interior y otro exterior. La capacidad del artista está en su capacidad de plasmar el dibujo exterior, que se corresponda lo más posible con el dibujo interior, ahí está la capacidad de mostrar su propia individualidad.

Vasari plantea dos tipos de dibujo: el dibujo perfecto (representa la obra tal y como va a ser), la mancha o los borrones. El Schizzo, (o borrón), podríamos compararlo a los primeros movimientos de las telas, indefinidos, andando para atrás, es el proceso embrionario de lo que quiere crear el torero. Para convertirse en perfecto y  más definido estará condicionado por el furor del artista capaz de convertirlo en Obra de Arte. Ese furor es el que le hará componer la figura para dibujar trazos en el aire con las telas, creando así la obra perfecta a la que después habrá de dar volumen con el Toro.

Como explicación a esto último, tomamos una reflexión de Paolo Lomazzo, (1528-1600), pintor, tratadista y poeta, quien dice que el dibujo es una parte de la pintura, no es algo ajeno. Compone la materia sustancial de la pintura. Al dibujo le faltan elementos como el color, las sensaciones, el volumen…Pues bien, en el toreo, el dibujo interior que plantea el artista nunca se podrá convertir en Obra de Arte si no añadimos la unión con el Toro y así dar volumen,  geometría estética y, por consiguiente, crear la Obra de Arte más misteriosa jamás instituida: La Tauromaquia.

Imágen:
Estudio para la Creación de Adán de Miguel Ángel Buonarroti.
Morante de la Puebla toreando de salón.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El Inicio de las Vanguardias: Juan Belmonte


El siglo XX en la pintura comenzó con una transformación de la realizada en el XIX y encuadrada en un motín a los valores académicos. En la Tauromaquia la aparición de un torero fue trascendental para la su futuro ya que, al igual que en la pintura (y en el arte en general), se produjo una subversión a lo realizado hasta ahora. Se llamó: Juan Belmonte.

La concepción académica del arte decimonónico al desplazar los temas superiores (historia, religión, mitología, alegoría), por otros inferiores (escenas cotidianas, paisajes, retratos, bodegones),  hizo que el tema perdiera importancia y se convirtiera en un mero pretexto. En la Tauromaquia, el tema superior del Arte, hasta ahora no había tenido sentido. Torear consistía básicamente en sortear las acometidas del toro sobre las piernas con más o menos valor y gracia. Temas importantes, pero no superiores en cuanto a considerar Tauromaquia: Arte.

El academicismo pictórico otorgaba valor supremo a la composición y al dibujo, pero desplazaba al color y a la factura en la obra acabada. Esto viene a coincidir con el academicismo reinante en el Toreo del siglo XIX, se daba importancia al hecho del Rito en sí pero restaba, inconscientemente porque nadie lo había hecho hasta ahora, todo valor al fin de la Lidia en cuanto a Obra de Arte.

La evolución en la pintura moderna quedó orientada por, no ya el sometimiento a la naturaleza, sino por la fidelidad al medio pictórico. Su traslación al mundo de la Tauromaquia en cuanto a Naturaleza=rito, la evolución fue puesta en marcha por una nueva visión de Toreo=Arte.

Si en otro campo de las Artes, como la pintura, fueron Manet y los impresionistas los que explotaron la tensión entre imagen y pintura, entre lo pintado y la tela, en la Tauromaquia fue Juan Belmonte quien con su idea de torear con quietud, su dominio de los terrenos, el poner en práctica los tres principios del tempo en la Tauromaquia: parar, templar y mandar, (añadiendo más tarde el cargar la suerte), con todas estas novedades, hizo que se rompiera el hilo que hasta ahora unía el Toreo con el Rito ancestral y, permítanme la expresión, con la anécdota artística.

Para resumir, la aportación de Belmonte fue incluir la estética al mundo de la Lidia. Buscó la quietud suprema, el abandono místico que solo logran los artistas y que quedó refrendado años más tarde con Manuel Rodríguez ‘Manolete’, convirtiéndose así  en el arquetipo de la Tauromaquia moderna.

Imagen:
“Concierto en los jardines de las Tullerías”, Edouard Manet. 1862. Óleo sobre lienzo.76 x 118 cm. The National Gallery. Londres. Inglaterra.
Juan Belmonte.
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