lunes, 2 de mayo de 2011

Manzanares o la emoción del arte en Sevilla


Es ardua tarea el poder explicar la emoción que se produjo frente a una obra de Arte como la acontecida el pasado sábado en la Feria de Abril y elaborada por el artista Jose María Manzanares ante el buen toro Arrojado de Núñez del Cuvillo. Para ello nos hemos adentrado en teorías estéticas para intentar plasmar la emoción que suscita un arte tan puro como la Tauromaquia.

Nos basamos en la idea ‘kandiskyana’ de que la creación artística es la forma de la obra de arte como expresión material del contenido abstracto. El sábado el toreo de Jose María Manzanares, su arte, fue capaz de crear belleza relacionando el contenido de la forma, es decir, entre la obra y la emoción que se origina dentro del artista, y que es capaz de engendrar en el espectador. Porque una obra así nace de la emoción, que el artista traduce en sentimiento. Y este sentimiento le impulsó a crear.

Una vez que iba creando la obra, según la emoción iba tomando forma, se fijaba en el soporte material de su muleta e iba provocando en el espectador un sentimiento que le permitía encontrar el contenido de la faena, una emoción puramente espiritual y que solo quien tenga sentimiento por este arte puede llegar a sentir.
La faena de Jose María Manzanares, como obra de arte, fue pues la forma material que posibilitó la comunicación del contenido inmaterial, el lenguaje de alma a alma que habla de emoción.

Asistimos pues, el sábado 30 de abril de 2010 en Sevilla, a una espiritualización de la estética. La Tauromaquia, en tanto que arte puro, debe servir a la comunicación de espíritu a espíritu: un arte puro es un arte en que el elemento espiritual se separa del elemento corporal y se desarrolla de manera independiente, algo que lograban los naturales parsimoniosos del diestro alicantino.

Por lo tanto, la tarde de Manzanares en Sevilla constituyó por sí misma una obra de arte con dos elementos: el elemento interior y el elemento exterior.
Tomado separadamente, el primero es la emoción del alma del artista, del torero. Esta emoción poseyó la capacidad de suscitar una emoción profundamente análoga en el alma del espectador. Debido al tiempo que el alma lleva unida al cuerpo, no pudo empezar a vibrar más que por mediación del sentimiento que emanaba de cada lance, de cada muletazo. Ese fue pues el puente  que condujo de lo material a lo inmaterial (el artista) y de lo material a lo inmaterial (el espectador).
Entonces, la obra de Jose María Manzanares el sábado 30 de abril de 2010, fue bella, pues conexionaron regularmente los dos elementos, el alma del artista y la emoción del espectador.

Imagen:
Jose María Manzanares y Arrojado en Sevilla 2010. Foto: www.plazadetorosdelamaestranza.com
Éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini, 1647-1652. Iglesia de Santa María de la Victoria (Capilla Cornaro). Roma.

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