miércoles, 23 de marzo de 2011

El Toro y su evolución como objeto del Arte


Ignoramos el sentido del dragon, como
ignoramos el sentido del Universo, pero algo
hay en su imagen que concuerda con la
imaginación de los hombres...
                                              José Luis Borges

Decía el gran historiador Sigfried Giedion que toda vida en continuo movimiento se debate entre la constancia y el cambio. Sirva la imágen del Toro Bravo como una constante de la ecuación en la que la capacidad renovadora del hombre es una variable que nos indica su voluntad de cambio en la historia de la Tauromaquia.

Los cambios estilísticos de la Tauromaquia moderna no pueden ser estudiados excluyendo cualquier referencia a la condición del Toro, al igual que la Tauromaquia primitiva solo se comprende siguiendo los cambios a través de la evolución de la bravura del animal.

En los primeros tiempos, el Toro se rebelaba contra la racionalidad de los artistas y exigía una tercera mirada (la del espectador) para colocarlo en el punto de misterio. En el Arte (Tauromaquia) prehistórico el animal va a ser la suma de todas las aspiraciones por domeñar la fiereza, y será utilizado para acercar la realidad al deseo de creación.

Cada cambio en la estructura social implica una transformación de las formas de percibir la realidad, y esta nueva percepción implusa cambios en las formas artísticas de esta sociedad, incluído el toreo. Por ello, la nueva idea del Arte que propusieron en la Edad de Oro, (Belmonte, Joselito...), hubiera sido del todo incomprensible para el torero primitivo.

La fiereza se convirtió en bravura y el genio se convirtió en casta, dos elementos esenciales para que el creador pueda  establecer una relación con el espectador, con la sociedad, con su cultura taurómaca. El torero moderno se hunde en la creación, desde esas nuevas pautas de comportamiento, de la faena. La ruptura que se hizo a comienzos del XX, respecto a la tradición, se materializa a través de la transmisión y el recorrido del Toro. Por ello el nuevo y afortunado espectador que se encontró con esta nueva forma de torear, fue sorprediéndose a medida que el toro pasaba de ser un animal que solo buscaba la defensa de su vida y la consiguiente huída, a servír para realizar una Obra de Arte coherente y de menos a más, era el Toro Bravo.

Para terminar, una consideración. Para el artista primitivo, la fiereza del toro era el único soporte de creación. Para el moderno al evolucionar la fiereza en bravura, en vez de 'esquivarla', la añade al mundo de lo posible.

Imagen:
Tumba de los toros. Tarquinia. S. VI a.C.
Toro de Victorino Martín embistiendo muy humillado en la muleta de Rafaelillo, en la feria de Castellón 2010. Foto: Antonio Casado

3 comentarios:

  1. ¿Para que algo sea arte debe ser fruto de una evolución? ¿Si la tauromaquia dejase de evolucionar dejaría de ser un arte?

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  2. Desde la antigüedad el arte ha pasado por muchas vicisitudes y altibajos. Alcanzó una cima en Grecia en el siglo de Pericles, desciende, después de milenios, a la oscuridad de la Edad Media para, trabajosa y lentamente, resurgir de nuevo en el esplendor del Renacimiento.

    Hasta tiempos relativamente recientes, el arte en su evolución ha seguido, podríamos decir, las mismas pautas que la ciencia y la técnica, o sea, un cambio en ese mismo sentido ascendente y de perfeccionamiento.

    La Tauromaquia siempre será arte. Loi que hicieron los antiguos era arte, claro está, primitivo como por ejemplo el arte etrusco, pero arte en definitiva. Ahora bien, nadie duda de lo que han significado los esfuerzos de renovación, de tentativa, de sorpresa, de tensión emotiva y de expresividad, y que pone de manifiesto que no sólo la habilidad y el buen hacer basta para que el resultado de lo que llamamos obra de arte nos proporcione emoción.

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