miércoles, 2 de marzo de 2011

El Inicio de las Vanguardias: Juan Belmonte


El siglo XX en la pintura comenzó con una transformación de la realizada en el XIX y encuadrada en un motín a los valores académicos. En la Tauromaquia la aparición de un torero fue trascendental para la su futuro ya que, al igual que en la pintura (y en el arte en general), se produjo una subversión a lo realizado hasta ahora. Se llamó: Juan Belmonte.

La concepción académica del arte decimonónico al desplazar los temas superiores (historia, religión, mitología, alegoría), por otros inferiores (escenas cotidianas, paisajes, retratos, bodegones),  hizo que el tema perdiera importancia y se convirtiera en un mero pretexto. En la Tauromaquia, el tema superior del Arte, hasta ahora no había tenido sentido. Torear consistía básicamente en sortear las acometidas del toro sobre las piernas con más o menos valor y gracia. Temas importantes, pero no superiores en cuanto a considerar Tauromaquia: Arte.

El academicismo pictórico otorgaba valor supremo a la composición y al dibujo, pero desplazaba al color y a la factura en la obra acabada. Esto viene a coincidir con el academicismo reinante en el Toreo del siglo XIX, se daba importancia al hecho del Rito en sí pero restaba, inconscientemente porque nadie lo había hecho hasta ahora, todo valor al fin de la Lidia en cuanto a Obra de Arte.

La evolución en la pintura moderna quedó orientada por, no ya el sometimiento a la naturaleza, sino por la fidelidad al medio pictórico. Su traslación al mundo de la Tauromaquia en cuanto a Naturaleza=rito, la evolución fue puesta en marcha por una nueva visión de Toreo=Arte.

Si en otro campo de las Artes, como la pintura, fueron Manet y los impresionistas los que explotaron la tensión entre imagen y pintura, entre lo pintado y la tela, en la Tauromaquia fue Juan Belmonte quien con su idea de torear con quietud, su dominio de los terrenos, el poner en práctica los tres principios del tempo en la Tauromaquia: parar, templar y mandar, (añadiendo más tarde el cargar la suerte), con todas estas novedades, hizo que se rompiera el hilo que hasta ahora unía el Toreo con el Rito ancestral y, permítanme la expresión, con la anécdota artística.

Para resumir, la aportación de Belmonte fue incluir la estética al mundo de la Lidia. Buscó la quietud suprema, el abandono místico que solo logran los artistas y que quedó refrendado años más tarde con Manuel Rodríguez ‘Manolete’, convirtiéndose así  en el arquetipo de la Tauromaquia moderna.

Imagen:
“Concierto en los jardines de las Tullerías”, Edouard Manet. 1862. Óleo sobre lienzo.76 x 118 cm. The National Gallery. Londres. Inglaterra.
Juan Belmonte.

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