martes, 22 de febrero de 2011

Belleza natural y Belleza estética


Dentro de la idea estética que poseemos interiormente, tenemos la noción de un modo inconsciente de que el mundo al cual pertenecemos nos parece bello y la contemplación desinteresada de la infinidad de fenómenos naturales y variadas formas de vida que en él se producen, puede ser una fuente inagotable de placer espiritual.

En este sentido, dentro de la Tauromaquia, el universo que conocemos nos ofrece una forma de vida majestuosa en su hábitat natural: El Toro Bravo. Un animal que por sí mismo evoca solemnidad y admiración por el mero hecho de su existencia poderosa y repleta de un misterio en el que todavía nadie ha podido penetrar.

Decimos “contemplación desinteresada” porque no se busca en ella ninguna otra clase de interés o finalidad más que el mero placer que nos produce el acto contemplativo por sí mismo.

También la contemplación de la belleza artística, la belleza creada por el hombre, es desinteresada.

De modo que la contemplación de las dos clases de belleza, la natural y la artística, producen en nuestro espíritu un efecto similar. Sin embargo, son de tal modo diferentes que la belleza natural, por bella que sea, no puede ser nunca belleza artística, ni ésta puede identificarse con la belleza natural, por perfectamente que en la obra de arte del torero estén representadas las bellezas naturales por medio del toro.

Y esto es así porque el propósito último del artista al crear la obra de arte será intentar que la forma natural escogida para la realización de su trabajo, en este caso el toro bravo, le sirva como medio o vehículo expresivo, como un lenguaje, para comunicar a sus semejantes sus sentimientos, sus emociones y sus vivencias personales satisfaciendo, de este modo, la necesidad de belleza estética del espectador de Arte (Faena) que, teniendo necesidad espiritual de éste, no puede producirlo él mismo. Al hacerlo así, el artista transforma las formas naturales representadas en belleza estética.

El artista tomará los sentimientos interiores que le parezcan más adecuados a sus necesidades expresivas del momento, tratará de romper su superficie para penetrar en su interior en busca de la invisible esencia creadora y, si logra encontrarla, se identificará con ella, encontrándose a sí mismo, lo cual significará para él un intenso goce espiritual porque, de ese modo, se conectará con el Toro.
Es caso semejante a lo que les ocurre a los místicos cuando entran en un estado de éxtasis; la diferencia es que ellos le llaman Dios al Toro y que los éxtasis místicos son un fin en sí mismos, no un medio o estado que lo impulse a crear una obra que intenta expresar ese elevado y transitorio estado espiritual, como sucede en el Arte de la Tauromaquia.

Imágen:
Toro Victoriano del Río, Camada 2010, Foto: Cabrera.
Morante de la Puebla en las Feria Colombina de Huelva 2010, Foto: Toros Comunicación (Plaza de Huelva)

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